Un buen amigo periodista que desea mantenerse en el anonimato nos permitió leer su manuscrito, en el que lleva meses trabando. Novela introspectiva, llena de cavilación y, sin duda, futura joya literaria, contiene múltiples reflexiones sobre la posmodernidad y la influencia de la tecnología y la vida moderna. Ficción de gran calado, señores. Disfruten de ella:   

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Me crié entre la apatía y la contención afectiva. Prematuramente lacrado en lo emocional, aprendí temprano a inhibir (a refrenar, a serenar) todo lo que pudiera salir de mí, marcado por la espontaneidad.

Contener me ahogaba –los demás me ahogaban; su presencia me deglutía–. Para evitarlo, aprendí a manipular. Manipular me gustó, y me calmó.

Adoraba las máquinas, cuanto más complejas mejor. Las máquinas eran perfectas: no lloraban, no se angustiaban, no tenían sentimientos, cumplían su objetivo con total determinación, sin vacilar. Aspiraba a la perfección de las máquinas.

Desmontaba cualquier aparato que cayera en mis zarpas. Radios, batidoras, mecheros, televisores. Una vez me regalaron una videoconsola portátil, muy cara, la primera que salía al mercado con pantalla a color. Seducido por su complejidad, no me pude aguantar y esperar a que se averiara, así que a la semana ya la tenía desmontada –y rota, pues no la supe volver a ensamblar correctamente.

También creaba máquinas. Guardaba todo lo que desguazaba en cajas, para utilizarlo más adelante. Me pasaba los días encerrado en mi habitación, creando mecanismos de cartón y plástico, soldando resistencias y elaborando artilugios imposibles.

Creo que en aquella época asenté las bases de mi método de aprendizaje, basado en la deducción. Si, por ejemplo, sacaba un relé de un amplificador de audio, tenía que experimentar con él poniendo corriente por cada una de sus patas, calculando por combinatoria todas las opciones posibles, hasta que infería su función de los resultados. Tardé tiempo en saber de la existencia de los testers, pero me fabricaba de rudimentarios con motores bidireccionales, y deducía el voltaje y la intensidad, aproximadamente, por las revoluciones y el sentido del giro. Era un método lento, por supuesto, y no pocos condensadores me estallaron en la cara, y a veces me electrocutaba y fundía los plomos de casa, pero me sentía feliz cada vez que desmontaba algún aparato nuevo y tenía la posibilidad de comprender algo más. La electrónica y la mecánica me permitían verter toda mi atención y mi consciencia en un único punto, concentrarla en un lugar infinitamente pequeño y aislarme de todo lo demás.

Me regalaron un hámster. Supongo que pensaron que una mascota haría que me apartara de las cosas inertes y mostrara algún tipo de emoción o de sentimiento. Estuve un par de horas observando al animal dentro de su jaula. Constaté que por sus movimientos cíclicos y espasmódicos padecía cierta ansiedad. Para intentar paliar su dolencia diseñé e instalé un sistema de audio para la jaula a través del cual hacía sonar suites de violoncelo. El sistema estaba compuesto por mi walkman Sony, un amplificador que yo mismo creé siguiendo las indicaciones de una revista de electrónica y por cuatro pequeños altavoces reutilizados de viejas radios.

El hámster murió. Se comió el estaño de las soldaduras, o se electrocutó con algún condensador del amplificador (éste estaba construido en una protoboard, que cometí el error de poner a su alcance). No pude llegar a determinar con seguridad el motivo de su muerte. Me pasó por la cabeza desguazarlo a él también, pero el tacto blanduzco de su cadáver me echó para atrás.

Afligido por la estupidez del animal –más que por su temprana muerte– volví a mis ocupaciones habituales.

 

Un poco mayor, a los once o a los doce años, empecé a pensar que si hasta entonces había conseguido manipular sutilmente a la gente podía llegar a establecer algún tipo de pauta lógica o causal que definiera su comportamiento. Tenía aprendido que la más intrincada y vaporosa forma de manipular a los individuos era ofreciéndoles lo que deseaban. Tarde o temprano su bienestar, sus ilusiones e incluso su felicidad dependían de mí. Se trataba de conseguir una relación de dependencia unilateral, de los demás hacia mi persona; consistía, justamente, en que vieran en mi mirada el reflejo de su yo más íntimamente anhelado.

¿Quién quieres ser? No te preocupes, haré que en mis pupilas veas el reflejo fantasmagórico de lo que más ansías: serás aquél que no eres –aún deseándolo por encima de cualquier otra cosa–, pero sólo lo serás cuando me tengas delante y cuando yo lo desee. Mi perverso método se basaba en una premisa básica: somos en función de los demás, nos definimos como sujetos a través de la mirada de los otros. ¿Quién iba a dudar de la bienintencionada mirada de un niñito retraído, de modales sumamente corteses, primero de todas las clases en cuanto a calificaciones e invariablemente elogiado por sus profesores?

Si bien llegaba a ser arduo y asfixiante conseguir dicho objetivo –y no siempre lucrativo en lo palpable y efectivo–, sí que obtenía una profunda sensación de triunfo, de superioridad e inclusive de dominio. Ya no me deglutían; en mi fuero interno yo era dueño y déspota de quienquiera.

La ilusión de encontrar un sistema de normas que definiera la conducta del individuo hizo crecer en mí un insólito interés por el género humano. Era un paso lógico: la electrónica y los aparatos tienen una complejidad limitada y mesurable, entonces asimilable; la conducta y emocionalidad humana, contrariamente, me parecieron infinitas en cuanto a acotabilidad, comprensión y definición. Eran un mundo de posibilidades, inagotable y de una complejidad tentadora.

Al mismo tiempo, experimenté el despertar de mi sexualidad, lo que me llevó a pensar que, si bien me había sido útil manipular como forma de subsistencia ante el otro, a lo mejor ahora podría manipular para satisfacer, de algún modo, mi recién nacido impulso sexual.

 

Por aquel entonces vivía en casa de mis abuelos, en un pequeño pueblo alejado de la urbe. Mis padres me habían enviado medio año a vivir con ellos. Querían alejarme del malestar que se gestaba en casa. En la calle de mis abuelos vivía una familia de gitanos, cuyas hijas, atezadas, pechugonas y descaradas, me hacían sentir miedo y excitación.

Las observaba desde el balcón mientras frotaba mi pene contra los barrotes de la barandilla. La altura me daba una perspectiva excelente de sus pechos: tostados, refulgentes, siempre medio expuestos y, sin duda, dulces. Tenían que ser dulces a la fuerza. Como un melocotón jugoso y bruno.

La hermana mayor, de unos quince años, era la que más me gustaba. Había otra de menor, de pechos también desarrollados pero que no tenía tanto desparpajo ni andaba con el contoneo de la primera. Tenían un hermano pequeño, de mi edad más o menos, que cuando me veía me tiraba huesos de pollo. Creo que se los guardaba en los bolsillos para chuparlos y mordisquear los cartílagos cuando iba por la calle o no tenía qué hacer. Cuando me veía se hurgaba en el pantalón y sacaba algún hueso roído con el que intentaba darme, sin mediar palabra ni darme explicación alguna. Probablemente se daba cuenta de que mis deseos íntimos incluían a sus hermanas.

No me importaba demasiado. Cuando veía a la hermana mayor subir por la calle al mediodía con el pan y media docena de huevos, con la mirada al infinito, andando a pasos lentos y calculados, se me olvidaban todos los huesos llovidos. Era una muchacha de complexión ancha, fornida. Acabaría siendo gorda y fofa con el paso de los años, como su madre, pero ahora mismo estaba en su momento de esplendor. Sus caderas, siendo anchas, eran bellas y mantenían aún proporción con el resto del cuerpo. En verano acostumbraba a llevar pantaloncitos cortos de chándal, muy ceñidos y de cuatro o cinco dedos de longitud, con las piernas tostadas, magras y bien contorneadas siempre a la vista. Era habitual verla con camisetas de tirantes, invariablemente ceñidas y escotadas, tanto en invierno como en verano. Fantaseaba en verle un pezón revoltoso desde mi perspectiva de ave rapaz.

Tenía una mirada pícara, propia de quien se sabe deseado y disfruta con ello. A veces, cuando subía por la calle y me veía en el balcón, me miraba. No sonreía ni cambiaba demasiado su expresión; como mucho su mirada se volvía más sagaz, o eso me parecía a mí.

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