Ley de Moore, almacenamiento y hábitos culturales

En 1965 Gordon E. Moore publicó en el número 8 de la revista “Electronics Magazine” un breve estudio de 4 páginas (disponible en este enlace de la Universidad de Florida) en el cual afirmaba que el número de transistores presentes en un circuito integrado se había duplicado desde el año 1958 –año en que se inventaron– y pronosticaba que cada dos años se irían duplicando exponencialmente:

Hoy, casi medio siglo después, la ley que formuló el visionario sigue siendo válida, aunque se cuestione su durabilidad en los años venideros. De hecho, la Ley de Moore también se ha llegado a aplicar en otros ámbitos, llegándose a afirmar que”el rendimiento de las redes se duplica cada nueve meses”, o “la densidad de almacenamiento de datos se duplica cada 12″.

En lo que a nosotros nos respecta, como consumidores culturales también hemos notado (o “padecido”, que podría ser una palabra más idónea) las consecuencias de los avances tecnológicos. Por poner un ejemplo, ¿cuántos habéis tenido que renovar vuestro ordenador al no ser éste capaz de reproducir películas en alta resolución? ¿Cuántos habéis tenido que comprar discos duros externos o aumentar el almacenamiento de vuestros equipos para alojar la música o las películas que os descargáis? Incluso haciendo una rápida búsqueda se pueden encontrar páginas en internet que se dedican exclusivamente a comparar y analizar unidades de almacenamiento. Es evidente que si existen páginas que hablan únicamente de estos productos es porqué hay un interés real en ellos.

El fenómeno streaming, sin embargo, pareció que iba a cambiar el paradigma del almacenamiento de datos. ¿Por qué descargar y almacenar, cuando puedo tener mis productos culturales –casi– siempre disponibles? Incluso nos podemos llegar a imaginar los grandes directivos de las empresas de discos duros maldiciendo a Spotify y a Hulu, mientras por las noches tenían sueños húmedos con las ilegales redes de descarga P2P.

Sin embargo, los hábitos de los usuarios consiguieron aplacar los supuestos miedos de dichos directivos: Nos gusta descargar y almacenar nuestro propio material cultural. El streaming es para pasar el rato, para hacer un consumo rápido y superficial; pero seguimos descargando y almacenando en nuestros discos duros aquel contenido que realmente nos gusta y queremos conservar. iTunes, por poner un ejemplo, sigue generando descargas y acumulando beneficios, incluso hoy en día, en tiempos de streaming. Concretamente genera unos 7 billones de dólares cada cuatrimestre, lo que significa que si fuera una compañía aislada de Apple sería más grande que Xerox, que la CBS o que U.S. Steel.

De hecho, las creaciones culturales siempre han tenido cierto factor fetiche que nos hace querer poseerlas y resguardarlas sólo para nosotros. ¿Quien no tiene una pequeña colección formada por sus libros de cabecera, sus películas de culto, sus documentales favoritos?

El almacenamiento y su crecimiento exponencial, además, no sólo dependen de las descargas de material cultural, sino también de la propia producción de éste. La tecnología ha puesto al alcance de todos herramientas de producción cultural que hasta hace poco sólo estaban al alcance de pocos. Podemos hacer fotografías en altísima resolución con cámaras que están al alcance de todos; podemos grabar horas de video fullHD con los teléfonos que tenemos en el bolsillo.

Así, vemos como las facilidades que ofrecen las nuevas tecnologías han acercado la producción cultural al usuario medio, mientras que, paralelamente, nos obligan a disponer de más medios de almacenamiento. En definitiva, antes de plantearte el guión de tu nuevo cortometraje, ve pensando dónde lo vas a almacenar, porqué el vídeo que graba tu smartphone pesa, y mucho.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *